lunes, 26 de octubre de 2015

Santos protectores y sanadores: san Caralampio, protector contra los terremotos y los 'aires contagiosos'


San Caralampio (Kharalampios, Charalampos, Charalampe, Haralampos, Haralambos), santo de la Iglesia griega fue un sacerdote del siglo II martirizado en la localidad de Magnesia del Meandro (Asia Menor, en la actual Turquía), situada cerca de Éfeso.

Como sucede con la mayoría de las víctimas de la política anti-cristiana en el Imperio Romano, apenas conocemos nada de su vida antes de su detención.

Una hipótesis sobre la llegada a occidente de su devoción es a través de los viajeros marinos que circularon por Génova, Cartagena y Galicia (a través de Santiago de Compostela y extendida a la isla de la Toja y a otros pequeños municipios). De España saltaría a América donde alcanzó gran difusión en las mejicanas ciudades como Comitán  y Veracruz y en países como Costa Rica y Colombia.

 Caralampio no es, pues, uno de los santos más populares; es más, resulta prácticamente desconocido para la gran mayoría de los cristianos, excepto para los fieles de algunas localidades que han tejido leyendas sobre su intercesión en determinados hechos lo que ha favorecido su popularidad.

En un resumen de los martirologios griegos se dice que, bajo el reinado de Séptimo Severo, el prefecto Luciano, que gobernaba en Magnesia, mandó detener a un sacerdote llamado Caralampio, porque éste despreciaba los edictos imperiales que prohibían predicar el Evangelio. Con el propósito de vencer la constancia del sacerdote, Luciano mandó que le torturaran y él mismo se unió a los verdugos para desgarrar las carnes del confesor con garfios de hierro. Se dice que en aquel momento, por justo juicio de Dios, las manos del prefecto Luciano quedaron paralizadas y adheridas al cuerpo del mártir, sin que su dueño pudiese retirarlas. 

Caralampio elevó a Dios una plegaria pidiendo el perdón para el inhumano verdugo y las manos de Luciano recuperaron el movimiento. Ante un prodigio tan evidente, los dos lictores, Porfirio y Bato, que también desempeñaban el oficio de verdugos, abjuraron del culto a los ídolos y se declararon cristianos; tres mujeres que presenciaban el suplicio, también siguieron su ejemplo. Pero el prefecto persistió en su incredulidad y mandó que todos fuesen decapitados al instante.

San Caralampio se conmemora el día 10 de febrero, siempre en un segundo plano frente a santa Escolástica, ya que las actas de su martirio se consideran poco dignas de confianza y raramente se recoge en el santoral católico y, de hacerlo, siempre como referencia añadida.

Selección iconográfica

Escenas del martirio de Caralampio


























Armado con una guadaña pisotea a un diablo al que tiene sólidamente encadenado


















San Caralampio y la brujería

Para protegerse contra las brujas se utilizaban en los medios rurales las llamadas 'dóminas' o 'cruces contra las brujas'. Estas oraciones y exorcismos impresos debían guardarse cerca de las personas a proteger. Esta especie de salvoconducto contra el maleficio sólo beneficiaba a la persona cuyo nombre figuraba en ellas y su efectividad duraba un año, tras lo cual podía renovarse tras el consabido pago.

Los ciegos solían vender esta especie de amuletos por los pueblos para proteger al comprador contra el 'mal de ojo' siendo extensivo también para proteger de enfermedades a los animales. Estas dóminas no sólo invocaban a san Caralampio, sino también a otros santos benefactores como san Benito, san Bernardo, san Alejo o san Antonio de Padua.


Oraciones, estampas y manifestaciones populares





















































En España la veneración a san Caralampio se centra especialmente en Galicia y en algunas localidades del suroeste español. En la isla de la Toja, en Pontevedra, se encuentra una capilla, toda ella recubierta de vieiras, en cuyo interior se venera, entre otras, la imagen de san Caralampio. En la ilustración que acompaño la virgen del Carmen aparece en el centro de una gran vieira y en los laterales se aprecia la imagen de la virgen del Mar y la de san Caralampio, al que unos dicen que es el patrón de los borrachos y otros de los cojos.

En la localidad coruñesa de Melide, muy cerca de Santiago, el segundo domingo del mes de septiembre se celebra una fiesta en honor del santo, conocida por la 'fiesta de los borrachos', de reminiscencias báquicas, lo que parece confirmar el patronazgo del santo.



Pero donde más se venera a san Caralampio es en la localidad mexicana de Comitán, al sur de Chiapas, culto que se extendió posteriormente a otras ciudades y a otros países latinos.

Cuenta la leyenda que, gracias a su intervención, el mártir Caralampio salvó al pueblo de Comitán de los estragos de una epidemia de viruela y cólera que se registró a mediados del siglo XIX. Sus habitantes construyeron en agradecimiento una iglesia en su honor. El pueblo de Comitán se viste de fiesta del 10 al 20 de febrero para festejar al santo, una de las tradiciones más arraigadas de la ciudad.

El origen de la devoción proviene de que un soldado, de nombre Otero, llevaba consigo una novena con la efigie del santo postrado en tierra y con un romano dispuesto a decapitarlo mientras que la figura de Cristo aparecía en una nube en lo alto, novena que seguramente provenía de España dada la coincidencia de la escena con la que aparecen por esas mismas fechas en los gozos y estampas populares de la península.

Don Raymundo Solís, vecino del barrio de La Pila, leyó esta novena y le pidió al soldado que se la vendiera. Hizo un cuadro copiando la portada de la misma llevándolo a su rancho Tzeltón y nombrándolo patrón del lugar a raíz de la creencia de su intervención milagrosa en la peste de viruela y cólera que se declaró en la ciudad. En los terrenos cedidos por don Raymundo se levantaron los primeros cimientos de la iglesia en 1852.



















San Caralampio en procesión










Entre los milagros atribuidos a la intercesión de san Caralampio se encuentra el de sanar a un hombre que estuvo atormentado por el demonio durante treinta y cinco años. También se dice que hacía florecer troncos secos, etc.


Antonio Lorenzo

martes, 20 de octubre de 2015

Santos protectores y sanadores: Santa Apolonia, abogada contra el dolor de muelas


Las primeras referencias sobre el martirio de santa Apolonia (siglo III d.C.) son las recogidas por Dionisio de Alejandría en carta dirigida a Fabio, obispo de Antioquía, donde relata el motín sucedido en Alejandría y las torturas, entre ellas a la anciana virgen Apolonia, a las que fueron sometidos numerosos cristianos.


De dicha carta se hizo eco Eusebio de Cesarea en su Historia Ecclesiae (VI, 41,7) donde se refiere a la persecución sufrida por santa Apolonia.


Santiago de la Vorágine, en su célebre Leyenda Dorada, desarrolló la historia situándola equivocadamente en tiempos de Decio. Sin embargo, dada su enorme difusión ha sido la base de casi todas las referencias acerca de la santa, que fue canonizada por el Papa Marcelino en el año 299.

La descripción de su martirio, recogido por los autores citados,  cuenta que para no renunciar a su fe, la anciana Apolonia se arrojó voluntariamente a la hoguera donde murió quemada.

La tardanza en su canonización, casi cincuenta años después de su muerte y oscurecida durante un tiempo, puede ser debida al debatido problema del suicidio de la santa que no encaja bien con un martirio ejecutado por manos ajenas, ya que en la iglesia no se contempla el apresurar el propio fin.


Santa Apolonia en Iglesia de St. Ágata en Bérgamo

Tradición apócrifa y localista



Hay una tradición local, claramente apócrifa, que sostiene que santa Apolonia nació en Barcelona. Dicha tradición, tal y como la recoge el ilustre etnógrafo y folklorista Joan Amades en el volumen I de su Costumari català: el curs de l'any (vol. 1), describe a Apolonia como una desdichada mujer que tuvo que hacerse monja dominica para alejarse de su violento marido. Tras una visión, regresó a su casa para asumir estoicamente su sufrimiento. Acabó siendo víctima de la violencia de género de su marido, que, de dos bofetones que propinó a Apolonia sin mediar palabra le arrancó todos los dientes, pues al parecer tenía muy mal carácter.

Esta disparatada historia, que si no fuera por la misoginia que encierra mueve más a la hilaridad que a otra cosa, es un ejemplo más de la apropiación localista de un santo para satisfacer la devoción de los fieles de una determinada región.

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Durante los siglos XV y XVI las representaciones de la santa se multiplicaron favorecidas por las disposiciones de Trento en orden a fomentar la devoción de los fieles.


Ejemplo curioso de la representación del martirio de la santa por la gran cantidad de detalles, se encuentra recogida en la miniatura elaborada por Jean Fouquet (entre 1452 y 1460) recogida en el Libro de Horas de Étienne Chevalier, miniatura de la que reproduzco la escena principal.

En la escena central se ve a la santa vestida con una larga túnica blanca, símbolo de pureza y castidad. En la parte inferior se ven a dos verdugos que atan a la mártir mientras otro le inmoviliza la cabeza tirando de su cabellera. A su vez, otro verdugo que porta unas larguísimas tenazas le arranca los dientes. A la izquierda se aprecia una especie de bufón de la corte que se va bajando los calzones en actitud de desprecio o de defecación. A su vez, el emperador Decio con su vara de mando y acompañado de algunos cortesanos, trata de que la santa abjure de su fe mientras el regidor, con una vara en la mano y un libro en la otra dirige la escena con el acompañamiento de los músicos.


Otros hermosos ejemplos de la representación de la santa se encuentran en el manuscrito iluminado en pergamino con bellísimos bordes decorados del Libro de Horas de Charles VIII y en el Libro de Horas de Uso.



Reproduzco otros ejemplos de la numerosa iconografía de la santa.














Grabado de Albert Durero
Estampa popular




















Giuseppe Maria Crespi (1665-1747) - S. Apollonia
Por la calidad de su ejecución, reproduzco una obra a buril del grabador flamenco Adriaen Collaert (ca. 1560-1618). La escena representa a Apolonia, ya anciana, sentada con un libro sobre su rodilla derecha y la palma del martirio en su mano izquierda; al fondo y a la izquierda del espectador se aprecia un paisaje con la hoguera. La escena se encuentra rodeada de un marco ornamental con flores y aves.


Del pintor italiano Guido Reni (1575-1642) estas dos escenas de la vida de santa Apolonia: De niña en oración y su martirio.


Una representación de la santa que se aparta considerablemente de los 'cánones' habituales es la propuesta por Francisco de Zurbarán (1598-1664). Zurbarán dedicó muchos de sus cuadros a representar a santas conocidas, todas ellas bajo una mirada diferente, pues puso el acento en su feminidad y en su plenitud de lozanía con majestuosos trajes de ricos paños y tocadas con delicadas joyas. De esta forma evitaba reflejar el dolor de su martirio y dotar de realismo a sus imágenes. Sus trajes han servido de inspiración a modistos contemporáneos de reconocido renombre.

De la casi veintena de santas que inspiraron a Zurbarán, encontramos la de santa Apolonia, de la que reproduzco el cuadro completo y me detengo en el detalle de lo que pudiera ser el reflejo de la belleza ideal: rostro de forma ovalada, de grandes ojos negros, boca pequeña y mejillas sonrosadas.




Zurbarán - Santa Apolonia (detalle)


Referencias literarias y populares a la oración de santa Apolonia

La oración a santa Apolonia, como abogada contra el dolor de muelas, aparece citada en un diálogo de El Quijote:



También en el Acto IV de La Celestina en una conversación con Melibea:


La tradición oral ha conservado oraciones buscando la intercesión de la santa para aliviar los dolores de muelas. Recogida en diversos lugares y con muy ligeras variantes la oración es más o menos como sigue:
A la puerta del cielo, Polonia estaba
y la Virgen María por allí pasaba.
-Polonia, ¿qué haces? ¿duermes o velas?
-Señora mía, ni duermo ni velo
que de un dolor de muelas me estoy muriendo.
-Por la estrella de Venus y el sol poniente,
por el Santísimo Sacramento que tuve en mi vientre:
¡que no te duela más ni muela ni diente!
Otras, más cercanas al conjuro que a la oración son las siguientes; la última, claramente inapropiada en boca de la santa.
Santa Polonia bendita, el que no la rece
aunque le duelan las muelas que no se queje.
Santa Apolonia bendita, quítame el dolor de muelas,
y por tu gracia y poder haz que ya no me duelan.
Santa Polonia bendita
a mí me duelen las muelas,
yo no puedo comer pan.
-Pues entonces come mierda.

Estampas y gozos populares


Ilustración de 'El santo de cada día' (edit. Edelvives, 1946)




































Para acabar esta aproximación a la figura de santa Apolonia no quiero dejar pasar la ocasión de citar lo que escribiera el padre Feijoo en su Teatro crítico universal en alusión burlesca a la gran cantidad de dientes conservados como reliquias que los cristianos recogieron entre los restos de la hoguera donde se consumió la santa.
"Concluyamos este Discurso con dos chistes de hecho. Está extremamente vulgarizado, que un Papa, advirtiendo los muchos dientes (supuestos), que había de la Virgen, y Martir Santa Apolonia, expidió un Edicto por toda la Cristiandad, ordenando, que cuantos se hallasen fuesen remitidos a Roma; y que ejecutado fielmente el orden del Papa, entró en aquella Ciudad tanta cantidad de dientes de Santa Apolonia, que cargaban un carro. Yo tengo esto por cuento, y juzgo que jamás hubo tal Edicto Pontificio. Lo que discurro es, que esta fama tuvo su origen en Martin Kemnicio, Autor Luterano, el cual en un tratado, que escribió de las Reliquias, a fin de hacer odiosa, y vana la adoración, que les da la Iglesia Católica, refiere, que un Rey de Inglaterra expidió el orden, que la voz común hoy atribuye al Papa, y que solo en el ámbito de la Gran Bretaña se hallaron tantos dientes de Santa Apolonia, que hubo con que llenar muchos toneles. [350] No por eso asiento a que sea verdadera la relación del Kemnicio; antes es sin comparación más inverosímil, que la que corre en el Pueblo. Mucho es, que de toda la Cristiandad se juntase un carro de dientes de Santa Apolonia; pero que en sola la Isla de Inglaterra hubiese dientes para llenar muchos toneles, es totalmente increíble. Sin embargo, es verosímil, que aquella fábula se derivó de ésta mudando la circunstancia de lugar, y la persona." (VI, 10)

Relicario con diente conservado en Oporto
Mandíbula en la catedral de Brindisi


















Antonio Lorenzo